
Ellas sentadas y nosotros dando vueltas por toda la sala y preguntando una a una:
--¿Bailas?
Calabazas y más calabazas hasta que alguna decía que sí. Que escalofríos, que nervios. Le dabas la mano, no se fuera a escapar y tirabas de ella hacia la pista. La agarrabas primero suavemente, hasta coger confianza, luego ibas apretándola un poco más. La mano izquierda arriba y la derecha a su cintura, cada vez un poco más abajo.
--Oye, esa manita -te decía.
--Perdona, se me escurre -y unas risas mientras sonaba Perales
Cuando mejor se estaba, fogonazo, se acababan las lentas.
--¿Te sientas conmigo?
--Bueno, pero solo hablar, eh!
Más escalofríos, sudor en las manos, una sonrisa.
--Claro, tu que piensas, yo no soy de esos, -que iba a decir.
Cuanto duraban las movidas, con las ganas que tenía de abrazarla... otra de Boney M.
--Tengo que irme -decía ella.
--¿Ya?, ¿quieres que quedemos la semana que viene?
--Vendré el domingo, si quieres, aquí estaré.
¡Que semana más larga! Siete dias quedan.
1 comentario:
Está claro que es cosa de la adolescencia, lo que pasa que es ahora cuando empezamos a tener preocupaciones de verdad, y eso nos vuelve locos... Yo creo que los adultos y los adolescentes no están hechos para entenderse, esa es la gracia de criar a los hijos. Sigo siguiendo tu blog, me gusta mucho.
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