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29 agosto 2009

SE ACABÓ EL MIEDO....

No es que haya sido muy original, pero bueno, me apetecía contaros mis historietas fantásticas.... relacionadas con esas noches blancas que tanto me gustan. Igual las retomo más adelante, ya veremos, pero ahora voy a cambiar de registro...

24 agosto 2009

EPILOGO


Una sola noche basta para que ocurran múltiples sucesos en esta ciudad.
Una sola noche basta para que esos instintos surjan y coincidan en el tiempo.
Una sola noche basta para que gente normal desaparezca en manos de esas especies que nos rodean.
Una sola noche basta, basta con que sea una noche blanca de luna llena.

5. EFRAIN


Cuando empezó a trabajar allí, nunca pensó lo que podía sucederle. No tenia miedo a trabajar solo, ni mucho menos, le gustaba, no era amigo de las multitudes y la noche iba mucho con su personalidad.
Aquella noche, mientras hacía la ronda por el exterior de la fábrica que vigilaba, se habían acercado a él. Solía ponerles agua y hasta les guardaba siempre algo de sus sobras de la cena. Siempre agradecidos pero desconfiados, perros abandonados por dueños crueles, por cazadores sin escrúpulos, por gente que se había aburrido de sus juguetes. Aquella noche había uno al que no había visto antes. Se había quedado un poco apartado del grupo.
Efraín lo llamó y pudo distinguirlo, era un pastor alemán, de los mal llamados perros lobo. Se acercó lo suficiente y pudo verle la mirada. Una mirada perdida, lo achacó al hambre y le tendió su mano con un trozo de pan. Sin esperárselo vio como el animal le propinaba un mordisco en su antebrazo, un mordisco limpio en el que solo marcó un colmillo y le soltó. Se dio la vuelta y salió corriendo seguido del resto de los perros.
Apenas le había dolido, fue mas el susto, se dirigió al botiquín y se curó con un poco de alcohol y se puso una gasa y una venda. Ya estaba, se encontraba bien. Se miró en el espejo, tendría que afeitarse al llegar a casa, le parecía que cada vez le crecía antes su barba.
Fue desde ese día que empezó a descuidar su trabajo, en vez de vigilar se dedicaba a deambular por los alrededores de la fábrica a la captura de pequeños y grandes roedores. Los comía y le gustaban.
Pero fue una noche de luna llena cuando observó que su cuerpo cambiaba. Se le ensancharon los pies y las manos pareciendo más unas pezuñas y unas zarpas, le creció el pelo desmedidamente y en su boca noto crecer unos incisivos descomunales. Esa noche no dejo de capturar presas que devoró con gran ansia. No cesaba de necesitar más y más. Cuando cayó rendido, al despertar su aspecto era normal.
Ese mismo día fue despedido por no haber cumplido con su trabajo. No había realizado ninguna de las rondas nocturnas con sus respectivos controles. No tenía excusa ni tampoco las buscó. No le costó mucho encontrar un nuevo trabajo, su pasado en las fuerzas de seguridad del Estado le servía de referencia. El problema era que su nuevo trabajo debía realizarse en plena ciudad. Su caza nocturna sería muy especial.

23 agosto 2009

4. ERIKA

Llegó a Zaragoza hacía ya dos años. Procedente de Malí, no lo hizo de forma ilegal, vino con un contrato de trabajo, para una empresa de limpiezas. Pero no era su intención dedicarse a eso.
Había nacido en Bamako, la capital de su país hacía 23 años y aunque no era de una familia acomodada, había cursado estudios secundarios y no pertenecía a ese 85 % de las mujeres de su país que eran analfabetas.
Sabia que era bella y que tendría aceptación.
Trabajaba en un piso de alto standing en el centro de la ciudad en el que pasaba la mayor parte del día y todas las noches sin excepción.
Tenía una serie de clientes fijos con los que concertaba sus citas por anticipado. Marcaba en un calendario los días en que podía quedar con ellos dejando de lado las noches blancas de luna llena.
Fue hacía ya 6 años, estando con su amor juvenil en una acampada fuera de la ciudad, cuando fue mordida por una serpiente venenosa, esa Mamba Negra que se escurrió entre sus cuerpos abrazados bajo la luna, con un resultado increíble, el chico murió a los pocos minutos mientras ellas le besaba tiernamente. Erika en cambio, solo sufrió unos pequeños mareos cuando notaba que le venía a la boca un dulce sabor a muerte. Ese dulce sabor que le había transmitido la serpiente y que ella iba a llevar dentro de si para el resto de su vida.
Ese sabor le seguía viniendo cada noche de luna llena, eran sus días marcados para no recibir ninguna visita pero aquella vez había sido distinto. Eduardo le había llamado durante la tarde pidiéndole que le dejara estar con ella esa noche. Se había negado rotundamente pero el había acudido sin hacerle caso. Debía recibirle o tendría problemas con la dueña del piso.
Pasaron a la habitación y le ofreció una copa que el aceptó, se le notaba nervioso y con prisas, dejó la bebida en la mesilla de noche y comenzó a desnudarse.
-Desnúdate y ven a la cama, venga, tengo prisa.
-¿Por qué viniste?, hoy no es un buen día.
-A ver, mientras pague tu no eres quien para decirme lo que debo hacer. O te crees la reina de África.
Se acostó junto a él y se dejó acariciar, besar, penetrar, notó como esa noche Eduardo era más brusco que otras veces. No le importó, sabía que era la ultima noche que pasaría con él. Cuando la besó en la boca notó como sus salivas se mezclaban. Notó como de la suya fluía ese sabor a muerte, ese sabor que ella solía reservar para si misma esas noches blancas, esas noches que no quería compartir con nadie.
Se vistió rápido, se sentía algo mareado, deseaba llegar pronto a casa para acostarse, se despidió con un simple adiós, no tenia fuerzas ni ganas de hablar. Bajo la única planta que le distaba de la calle fatigadamente, menos mal que el coche lo tenia aparcado en la misma puerta. Se sentó, descansaría un momento, se desvaneció.
Nunca despertó.

21 agosto 2009

3. EMIBEL



Emibel era dulce, cariñosa, extrovertida, jovial, alegre. Tenía infinidad de amigos. Sabía relacionarse, no le suponía ningún problema. Solía quedar siempre que podía con ellos, si su trabajo no lo impedía.
En las noches blancas de luna llena todo cambiaba. Cenaba callada y esperaba a que su marido y su hijo se fueran a dormir y ya a solas, abría el mueble del salón y sacaba de su caja unas cartas del tarot.
Le gustaba echarlas en su soledad y en su silencio. Utilizaba el método de la cruz simple, era el más sencillo y a ella siempre la había dado resultados excelentes.
Carta Izquierda: estado actual del consultante, su situación, sus problemas. Carta Derecha: su mundo exterior, lo que le rodea y cómo influye en su estado actual. Carta de Arriba: sentimientos, estado de ánimo, pensamientos, ideas, opiniones, su yo interior relacionado con su situación. Carta de Abajo: desenlace, destino, solución a su situación.
Normalmente las echaba a gente que no conocía, gente que asomaba a su televisor, gente que no le importaba. Pasados los días, veía en ese mismo televisor, que sus predicciones se cumplían una tras otra.
Aquella noche, sin saber muy bien por qué, las echó pensando en su marido. Primero la carta izquierda, después la derecha, siguió con la superior, todas sin ninguna novedad, de sobra sabía ella como se encontraba su marido, sus problemas, sus sentimientos. Carta inferior, sintió un escalofrío, el Gran Arcano XIII, la muerte e invertida.
Se tumbó en el sofá del salón mientras pensaba en el significado de esas predicciones. La muerte invertida, sabía que eso significaba una larga enfermedad de su marido para acabar muriendo. Una larga agonía. No podía consentirlo, lo quería demasiado para verlo sufrir.
Se levantó y fue a la cocina, bebió un baso de agua fresca, tenia la boca seca, abrió el cajón de los cubiertos y cogió un cuchillo fino y alargado.
Subió las escaleras pesadamente, entró en el dormitorio, se desnudó y se acostó pegada a él. Dormía profundamente. A la luz blanca de la luna que entraba por la ventana, se unió el rojo sangriento de una vida que se extinguía, suavemente, dulcemente casi y sin ningún dolor.

11 agosto 2009

2. ENRIQUE



Odiaba su trabajo, odiaba a su jefe, odiaba a su hermano, odiaba a su ex-mujer, odiaba a mucha gente. Solo con una mirada a una persona ya decidía si debía odiarla o no. Solo tenía un amigo en el mundo, Luis, su cómplice en muchas de sus andanzas nocturnas. Pero aún así no sabía hasta que punto podía confiar en él. Quizá algún día de estos debería romper esa amistad.
Era tal su desconfianza en todo lo que le rodeaba que vivía aislado en su apartamento de 40 metros cuadrados, compuesto de una cocina pequeña, un baño también pequeño y una sola habitación bastante grande pero con un reducido mobiliario, una cama con una mesilla de noche, un armario, una mesa pequeña con una silla de madera, unas pesas, un banco de abdominales y en un rincón un arcón congelador de grandes dimensiones.
Solo lo dejaba para ir a trabajar y en sus necesarias salidas de aprovisionamiento.
En su trabajo aunque no era querido, si que era apreciado profesionalmente, atraía a muchas mujeres al puesto en que trabajaba de carnicero. esas odiosas mujeres que lo miraban lascivamente, se lo comían con los ojos. Gustaba a las mujeres, y también a algunos hombres.
Aquel día, al llegar a casa abrió el congelador, se sonrió y preparó la cena, carne y agua. Su menú diaro. Una vez acabada descolgó el teléfono y marcó.
-¿Dígame? -contestó una voz masculina.
-Luis, te espero esta noche a las 11 donde siempre.
-¿Ya? Cada vez te dura menos.
-Venga, y no te olvides esta vez la lona.
Colgó el teléfono y se dirigió al baño, se dio una ducha fría y fue desnudo hasta el armario,
se vistió con ropa deportiva y salió a la calurosa noche.
No es que le fuera hacer jogging, lo consideraba una pérdida de tiempo. El con sus ejercicios en casa, durante 30 minutos le era mas práctico que estar 2 horas corriendo. Le gustaba estar en forma, le facilitaba su labor en estos días.
Siempre hacía el mismo circuito, en la ribera del Ebro, y paraba a hacer estiramientos en el mismo banco de madera, a 50 metros de la furgoneta de Luis.
Pasó a su lado cuando éste se incorporaba, ella le miraba su trasero. Enrique le sonrió y se puso a correr unos metros detrás. Ella no se percató, con los cascos y la música de su MP3. Una compenetración perfecta. Al llegar a la altura de la furgoneta la puerta lateral se abrió y Enrique propinó un empujón a la chica que le hizo caer dentro. No le dio tiempo ni a chillar. Un pinchazo en el cuello la redujo y se desvaneció.
-Buen trabajo, tienes 10 minutos. Salió y cerró a puerta, se alejó unos metros y dejó a Luis con la muchacha.
Solo le hicieron falta 5, abrió la puerta mientras terminaba de subirse los pantalones y se montó delante para conducir. Enrique montó atrás y la envolvió con la lona. Llegaron al garaje y aparcaron junto a la puerta de los ascensores. Subió al piso por las escaleras, vivía en la primera planta, nadie a la vista. Dejó la puerta abierta y bajó de nuevo al garaje.
Cogieron el bulto entre los dos y la subieron, no les costó más de dos minutos. La desenvolvieron y la dejaron en el suelo de la habitación, se despidieron.
Enrique se quedó con la chica, la desnudó y se desnudó. Guardó cuidadosamente las ropas en el armario. Sacó sus herramientas y comenzó su misión. En dos horas había terminado, se ducho para limpiarse la sangre que le había salpicado y se acostó. Mañana almorzaría unos buenos sesos rebozados.

06 agosto 2009

1. ESTHER


Se removía inquieta en su lecho. Sabia que no podría evitarlo, pero, hasta que sus fuerzas no cediesen, lo intentaría. Había pasado mucho tiempo desde la última vez.
Aquella noche había sido diferente.
Las luces, el baile, el frenesí, hasta que llegó el vértigo, esa sensación de sed, de necesidad.
La chica no se había defendido, pensaba que era un simple beso en el cuello, un beso cálido y largo. Cuando quiso darse cuenta ya no tenía ninguna razón para resistirse. Su vida se fue sentada en aquel baño de discoteca.
Esta noche era diferente. Ese vértigo le llegó dormida, quizá un sueño, -si es que ella podía soñar-, quizá el calor, -si es que podía sentirlo- pero oyó la llamada, un grito desgarrador desde su interior le hizo incorporarse. Sus enormes ojos se abrieron súbitamente.
Se puso una camiseta de tirantes, unos vaqueros y unas deportivas y salió de casa.
En la calle había varios bares aún abiertos. Era una de las zonas de copas de Zaragoza. Tuvo que andar hasta el paseo cercano, en la acera de enfrente había una amplia zona de aparcamientos. Allí sería más fácil.
No tuvo que esperar mucho. Un hombre se acercaba con las llaves del coche bailando en su mano. Se la quedó mirando lascivamente. No se le había dado bien la noche. Solo beber copas y ni una sola mujer a tiro. No era de extrañar, tenía un aspecto desagradable, sucio y hasta algo de chepa.
Sonrió al pasar a su lado e hizo ademán de decir algo. Además era cobarde. Fue Esther la que tuvo que dar el primer paso.
-Si –dijo mientras sacaba un mechero de su camisa.
-Me das un cigarro también.
-Claro. ¿Que nochecita verdad?. ¡Que calor!.
-Si, no podía dormir, estaba empapada y me bajé a ver si podía respirar mejor.
-¿Vives por aquí?
-Si, hay en frente, en Francisco de Vitoria.
-Que suerte, no tener que coger el coche.
-No lo cojas, vente conmigo.
La reacción de él fue de palpable asombro. Al final se le iba a arreglar la noche. Ligar con esa preciosidad.
Caminaban despacio, el tomándola de la cintura y ella agachándose para poder besarlo. No le gustaba su sabor, era ácido, el exceso de alcohol tenía mucho de culpa.
Nunca lo había hecho tan cerca de su casa, pero ni aguantaba ya a aquél tipo, ni aguantaba su sed. Cuando noto que su mano bajaba al trasero, lo apretó contra ella, lo empujó hacia el hueco de un garaje y le dio su fatídico beso en el cuello.
El perdió el conocimiento mientras le acariciaba un pecho. Tuvo una sensación de desmayo pero ya era demasiado tarde. Lo arrastró hacia un portal y lo dejo sentado, parecía dormido, borracho. La portera del edificio se iba a llevar un buen susto en unas horas.
Comenzaba a amanecer. Regresó a casa y sin desnudarse siquiera se tumbó en la cama. Casi de inmediato estaba dormida.

04 agosto 2009

INTRODUCCION




Diferentes especies habitan mi ciudad. Si sois de Zaragoza ya lo sabréis, y si no, andaos con mucho ojo, nos acechan.
Su vida durante el día es normal, incluso sórdida, pero cuando cae la noche, sus instintos afloran, impulsos irrefrenables que solo cesan cuando están saciados.